martes 17 de noviembre de 2009

imagen del día


Cuando él le preguntó por qué había llegado tan tarde, ella contestó: "¿Alguna vez has visto el cielo?"

sábado 14 de noviembre de 2009

¡trac!

¡trac!, debió haber sonado aunque no me diese cuenta.
¡trac! Mi cerebro se conecta al cuerpo.
¡trac! Mi cuerpo se vuelve cerebro.
¡trac! ¡trac! ¡trac! ¡trac! ¡trac! ¡trac! ¡trac! ¡trac!
Todas las celulas se han vuelto neuronas, se comunican entre ellas. Olas de energía, pulsación, semilla, hormigueo. Ya no son absurdas ideas. Es vida. Sacudidas en la piel. Choques que se mueven y despiertan los cuerpos olvidados.
¡trac!

jueves 12 de noviembre de 2009

De qué te ries?


¿Pueden reconocer entre una risa falsa y una verdadera?

domingo 27 de septiembre de 2009

Última llamada

Lo más difícil para ella fue marcar el último número: temblaba indecisa, sintiendo que se le iban las fuerzas. No pensó que pudiera hablar. La respiración se le cortaba con cada tono de espera en el teléfono. Pero, una vez escuchó la voz al otro lado del auricular, todas las palabras surgieron de manera natural. Dijo lo que tenía que decir, respondió con calma lo que el hombre le preguntó. Sí, claro; no, no hay ningún problema; en efectivo, está bien. Ya estaba. Para el próximo martes tenía la cita en la calle 23 con 49: si todo salía bien, Juan, su novio, ya no tendría de qué preocuparse.

sábado 29 de agosto de 2009

Elogio al odio



No sabía bien que era lo que tenía. El motivo de mi tristeza no era evidente, se ocultaba bajo razones que intentaba acomodar para que sonaran lógicas: puede que la echen; la van a rechazar; la regañaron y no es justo con ella… Intentaba llenar las dudas con delgados hilos que sustentaran mi tristeza, que le dieran un carácter, un orden donde poderla registrar y guardar. Algo, cualquier tonta idea que pudiera hacer menos tortuoso aquel inexplicable sentimiento.

“Yo soy el que tiene la culpa de lo que está pasando”, me dijé.

Era eso. La culpa me carcomía. Aunque, tal y como me repetía Juancho, a la seño realmente no le había molestado tanto.

- Parce, se lo juro: esa cucha es todo bien. No esté triste que no es pa tanto -me decía, pero aun así seguía latiendo el malestar.

Sí, también a mí la seño me había dicho que todo bien, que, obviamente, no lo volviera a hacer, pues necesitaba que le respetaran la casa, pero que era normal que entre gente joven esas cosas sucedieran. Y aún así, sin saber por qué, la tristeza.

¡Que terrible malestar! Me mantenía cabizbajo, sin saber dónde mirar, sin saber dónde esconder mi cabeza de avestruz, cobarde y apenada.

Ya ambas me habían dicho que todo bien, que no había sido tan grande el lío como se había pensado; claro, a ella la regañaron mucho más fuerte que a mí: llevaba sólo dos semanas, y ya esto… pero yo sentía ese regaño como propio, como un plato roto que a otro le reclaman, y mi conciencia, gustosa y rechoncha, me punzaba para que no olvidara que el culpable era yo.

- …No puedo verlo así -me dijo Juancho después de un largo silencio en el que mis pensamientos habían gritado desesperados, borrando su existencia y la existencia de todo a mi alrededor. Tanto así que me sorprendí al escucharlo, pues era como si nunca hubiera estado allí- …tengo que contarle lo que ella me dijo.

No me gusta hacer esto, no es bueno defraudar la confianza, pero ella se lo merece. Piensa en otro, parcero. Un profesor. Ya antes han tenido algo, y parece que él está volviendo a buscarla…

No tuvo que decir nada más. De repente lo entendí todo: el silencio, la voz parca, la mirada perdida. De mi surgía un sentimiento que antes no había conocido. Cada una de las fibras que se había conectado en mí, cada razón que había inventado para entender lo que me pasaba, se carcomían bajo el calor de éste nuevo sentimiento.

“No es posible. -decía mi conciencia confundida- Debe haber un error. Ella nunca podría…”

“¡Cállate!” -le respondí empujándola lejos.

Era inevitable sonreír. Mis ojos entrecerrados miraban aquella aura negruzca que surgía de mis manos. Sonreía y saboreaba la libertad adquirida, libertad de toda culpa y arrepentimiento.

“¡Aun así eres culpable!” -insistía mi conciencia caída, conciencia destituida del mandato de los últimos días. Y ésta seguía, exigiendo, rogando, pero ya no la escuchaba. No me importaba lo que dijera, ni ésta, ni la otra.

-Gracias -le dije a mi amigo que, sorprendido, se alegraba de mi nuevo semblante.

Con un nuevo aire me levanté de la silla y con el palpitar encendido empuñe la mano y volví a casa.