martes, 9 de junio de 2009

María Teresa León Goyri


Estaba yo caminando entre la veinticuatro y quince, uno de los callejones menos claros de esta ciudad, cuando la vi. La confundí con una vieja amante, por lo que me le acerqué con alegría y decisión, pero una vez estuve más cerca caí en el error: cierto, la mirada es parecida, con esos ojos que pueden cortar las tinieblas y ver los matices de las sombras, pero la sonrisa, esa sonrisa relajada y resuelta, decidida desde el principio a algo que incluso ella ignoraba, fue la que me indicó que estaba frente a una desconocida.

Ya era tarde para arrepentimientos, mí precipitada mano ya había tocado su hombro y su mirada se torno hacia mi alma desnuda, desprevenida y avergonzada.

- Hola, ¿puedo ayudarte en algo? -dije con mi mejor voz de anfitrión, sonriendo para disimular la sorpresa- Es fácil saber que no eres de acá. Aunque bueno, ese es un criterio a veces engaños…

No me interrumpió, pero tampoco me dejo continuar: simplemente sonrió con dulzura, volvió su mirada hacia la acera y dejó que una de las voces de su sombra hablara por ella, la presentara, la incluyera, de cierta manera que aún no descubro, en parte de esta pequeña ciudad.

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Por Concepción Bados Ciria


María Teresa León Goyri (Logroño 1903-Majadahonda 1988). Nacida en Logroño, en el seno de una familia burguesa, su infancia quedó marcada por los desplazamientos de su padre, un militar de alto rango. Vivió en distintas capitales españolas y en su estancia en Madrid se vio expuesta a la influencia del ambiente librepensador que frecuentaba la familia de su tía materna María Goyri, casada con Ramón Méndez Pidal. Fue en Burgos donde María Teresa comenzó su tarea de escritora, primero de cuentos infantiles y entre 1921 y 1926 como periodista para el Diario de Burgos. En 1929 se trasladó definitivamente a Madrid y publicó sus primeras obras: Cuentos para soñar y La bella del mal amor. Ese mismo año, María Teresa —que mantenía excelentes relaciones con diferentes miembros de la Generación del 27— conoció a Rafael Alberti, con quien se uniría hasta su muerte compartiendo éxitos, pero también el dolor del exilio. En Madrid frecuentaba el Lyceum Club y su protagonismo entre las mujeres modernas es visible gracias a las fotos que se conservan de esta época. Su autobiografía Memoria de la melancolía retrata de manera convincente el ambiente en el que se movieron estas primeras feministas, con las que León mantuvo una buena amistad, como queda demostrado en la correspondencia que nunca dejó de mantener con ellas a pesar de las dificultades del exilio1.


Defensora a ultranza de la República, con la que mantuvo un compromiso político firme, María Teresa tomó parte activa en diferentes proyectos de carácter político y cultural: con Rafael Alberti comenzó a dirigir la revista Octubre, viajó a Moscú, Nueva York y México en representación del Partido Comunista Español y en este último país publicó en, 1935, Cuentos de la España Actual, donde se muestra como una escritora definitivamente comprometida con las ideas socialistas. A su regreso a España, tras un año de estancia en México, María Teresa León se encuentra con el conflicto bélico que marcará su destino. Dejando a un lado la creación individual, León se convertirá en una figura destacada en la defensa y propagación de la cultura durante la guerra civil, precisamente, a través del teatro. Fue directora del Consejo Central del Teatro, creado en 1937, y tras su desaparición, María Teresa ideó un teatro para representar obras en el Frente: lo llamó Las Guerrillas del Teatro y con él comenzó en 1937 a desplazarse por los pueblos asediados con el fin de llevar obras populares a las gentes más sencillas y a los defensores de la República. En Memoria de la melancolía declaraba al respecto:


El pequeño grupo que se llamó Guerrillas del Teatro obedecía a las circunstancias de guerra. Fue nuestra pequeña guerra... Participaríamos en la epopeya del pueblo español desde nuestro ángulo de combatientes... Nuestros guerrilleros eran soldados. Todos éramos soldados. Teníamos nuestra ración de pan. ¡Pan cuando Madrid apenas comía! Y cantábamos... Cantábamos para sacudirnos el miedo. Nadie se figurará el miedo que sentíamos al escribir las letras de canciones sobre las mesas de un café cualquiera, refugiados mientras nos bombardeaban... Caían impunemente bombas sobre Madrid y nuestro refugio era cantar (Memoria de la melancolía, 1970: 39).


Sin duda alguna, León fue la gran militante de la cultura, una auténtica revolucionaria, para la cual, el teatro como expresión artística ayudaba al ser humano a reflexionar, a formarse, a sentir y a consolarse de las miserias de la vida. Así lo aclaró en un artículo publicado en la revista El Mono azul, en 1937. A las críticas que se oponían al teatro popular, León argumentó lo siguiente: «¿Para qué sirve un teatro? Pues para educar, propagar, adiestrar, distraer, convencer, animar, llevar al espíritu de los hombres ideas nuevas, sentidos diversos de la vida, hacer a los hombres mejores». La gran propagandista republicana que fue María Teresa León corre a la par con la gran maestra que fue en la tarea de la educación teatral en la década del treinta en España.


Con el triunfo franquista, llegó el exilio para María Teresa y Rafael Alberti. El doloroso periplo que los condujo a Francia, Argentina y Roma concluyó —tras la legalización del Partido Comunista— con el regreso a España, en 1977, de la pareja. María Teresa era ya, para entonces, víctima de la enfermedad de Alzheimer y los últimos años de su vida los pasó en una residencia de Majadahonda, Madrid, donde murió el 14 de diciembre de 1988.

(1) María Teresa León. Memoria de la melancolía. Buenos Aires, Losada: 1970.


***


Cuando su sombra dejó de hablar, ella volvió a mirarme, satisfecha de notar que su historia me había impresionado. Me hizo saber -de manera que aún no descubro, pues su voz es un misterio para mí- que esperaba a otros del tiempo de donde ella había venido: Ciudadela Edad de Plata

- Luego -le contesté con sinceridad-. Si son varios, seguro que los encontraré de nuevo.

Sonrió, y con un corto beso me dijo que la recordara.

Ya inventaremos un tiempo para escucharnos la voz, pensé, y sonreí con decisión, mientras seguía mi caminar por las calles de esta ciudad.



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