viernes, 5 de junio de 2009

La muerte del protestante



Tomas Koifman mira el grupo de estudiantes y trabajadores alzando los carteles con los puños cerrados, moviendo con fuerza hacia el cielo las insignias que reclaman justicia. Las arengas no se hacen esperar, surgen con el caminar lento de los protestantes que responden con animados y divertidos cantos. Tomas Koifman se sabe ya de memoria esas canciones y las sigue con la mente, pero no canta, su boca se mantiene cerrada, en una expresión indefinida entre una sonrisa y una mueca de tristeza.

Allí también están los uniformados, pared humana e inmóvil de seres disfrazados de soldados. Sólo uno se distingue de entre la masa: sombrero en vez de casco, las manos cruzadas sobre el pecho y fría mirada que denota su liderazgo sobre la brigada de control. Se mantiene, erguido y serio, al frente de los supuestos soldados -nada más que un puñado de policías bachilleres con trajes prestados-mientras estos esperan cualquier orden, pendientes más de aquella espalda recta envuelta en pulcro uniforme que de los protestantes que se acercan alzando con fervor los cantos. Es la postura de aquél, tres o cuatro pasos al frente de los demás, ignorando lo que pasa atrás, lo que hace que Tomas Koifman recuerde a su padre en ese hombre.

Se imagina de pie, con doce años de edad y lagrimas secas en sus mejillas. Mira la espalda recta de su padre. Los triángulos de vidrio, los trozos de cerámica blanca y el balón aún están en la posición post caos; el sermón no se hace esperar. Otra vez el discurso de ser hijo único y por eso responsable de todo acto; otra vez las frases que lo señalan culpable, más que por el daño, por ser el único hijo de un padre que quería ver su semilla germinar y crecer en la grandeza, pero que, por culpa de los otros, sólo había engendrado un vástago malcriado. Así se refería Ángel Koifman, el padre de Tomas, directa e indirectamente de él, pues creía que con eso lograría enderezar un poco aquella rama torcida. Así recuerda Tomas Koifman a su padre, dándole la espalda, hablando, más consigo mismo que con él, sobre lo decepcionado que estaba de cada cosa que éste hacía.

El hombre da media vuelta y hace una seña con la mano derecha: la orden esperada; el uniforme, aún con el movimiento, se mantiene tan rígido como si fuera de piedra. Los soldados levantan sus lanzagranadas cargadas y listas para disparar. Los protestantes no se detienen, al contrario, elevan más su voz, valientes, desafiantes, marchando con paso enardecido hacia la pared humana. Tomas Koifman, hasta el momento absorto en melancolías, se siente inspirado por tanta entrega. Sonríe, y su pecho, camuflado por la gruesa tela del uniforme, se infla con una certeza: abandonará el servicio.

Había entrado allí buscando el reconocimiento de su padre, siguiendo sus pasos, pero éste, al enterarse, había dicho con parquedad: “Es un buen paso, pibe”. Ahora entendía, ahora, con las insignias y los cantos encumbrando su decisión, comprendía que su búsqueda había sido inútil: no podía vivir por aquél, no podía seguir bajo el yugo de un fantasma, peleando en batallas que no eran las suyas, muchos menos contra ejércitos en los cuales veía una justa razón de lucha.

Tomas Koifman sabe que no será fácil. Con las cosas como están, su deserción será mal vista y será perseguido, y tendrá que esconderse; perderá el apoyo de su padre y el poco orgullo que éste empezara a sentir por sus logros. No le importa con tal de por fin construir su propia vida. Mira las pancartas, los dibujos del tirano presidente -también él lo cree así-, y ve en estos también a su padre.

Comienza a sentir que el uniforme le pica con molestia.

Además, piensa Tomas Koifman, en cualquier momento pueden estallar los odios condensados de estos tiempos difíciles. No quiere sentir en carne propia la pesadilla que vio en relatos y fotos de guerras lejanas: por todos lados sacos de piel abiertos y mutilados dejando ver el emanar infinito y congelado de una sustancia negra en imágenes sin color que se adherían a su mente con el pasar de las páginas; incapaz de detenerse; incapaz de continuar mirando. Sólo había bastado un periódico sensacionalista -y una sola mirada a este- para que aquellas imágenes lo acosaran, lo asediaran en las noches recientes con recuerdos que no son suyos, oyendo sonidos de explosión y muerte con el caer de un balón o el caminar de los gatos en el tejado.

Siente la respiración alterada. Cierra los ojos; un escalofrío, como si estuviera desnudo atraviesa su espalda. Suspira, adrede, con fuerza, y se dice: “¡Dejá de pensar en esas cosas, boludo! Que mal momento que has escogido para…”, pero no concreta la idea; la orden de fuego quema su pensamiento. Las granadas salen disparadas hacía la turba y una espesa cortina blanca comienza a crecer donde caen. Los protestantes no se detienen y Tomas Koifman, incapaz de distinguir sus propias pesadillas, comienza a ver el ejército enemigo atravesar la blanca selva como si nada, empujados por la furia, decididos a la victoria total. Más como un acto reflejo que por conciencia, Tomas Koifman deja caer el lanzagranadas sin disparar, lleva su mano al cinturón y desenfunda el revolver.

-¿¡Qué hace Sr. Koifman!? -grita a un lado su padre vestido con pulcro uniforme; se fija mejor y no, no es su padre, no está en ninguna selva blanca y al joven que apunta, que bien podría ser de su misma edad, no es un soldado enemigo sino un protestante. Tomas Koifman siente su frente húmeda, el calor en las mejillas y los parpados pesados; relaja el brazo y baja el arma temblorosa. El joven, que se había detenido dejando caer el cartel que llevaba consigo al sentirse amenazado, ahora que ve al policía bajar el revolver, se abalanza sobre él con renovada furia.

Después del estrépito, Tomas Koifman cree que todo se ha quedado en silencio. No es verdad, cerca de allí sigue la algarabía creciente, ahora aumentada por los gritos de aquellos que reconocieron el silbido de una bala; pero es tan denso el silencio formado entre los cercanos al suceso, que todos experimentan la misma sensación, como protegidos del ruido externo por el asombro. El cuerpo herido cae, cae con tal estruendo que rompe la burbuja y el sonido natural del caos vuelve. No para Tomas Koifman que, perplejo, aún escucha lejana la realidad.

*

Alguien grita con una fuerte voz de mando. Incapaz de moverse por si mismo, su cuerpo es arrastrado por otros dos; puede ver, más allá, ese otro cuerpo, de pie, congelado. En medio de la euforia del instante no sintió nada, pero ahora, asustado como está, puede notar una nausea inigualable; tras cada parpadeo pierde más la noción del momento y del lugar.

Así, siendo arrastrado por sus compañeros, es cómo Máximo Mena alimentó con su sangre la indignación y el alma de revolución, mientras, con un último cerrar y abrir de ojos, se dejaba consumir por la placida calma.


Nota histórica: La muerte de Máximo Mena fue la última gota que provocó la gran revuelta conocida como el Cordobazo - 1969






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